El derecho al agua y la crisis del Lago de Valencia.
El agua no es una mercancía ni una concesión graciosa del
poder, sino la savia misma que sostiene la dignidad y la existencia. Cuando se
niega el acceso al líquido vital o se condena a una población a convivir con la
insalubridad, lo que se está vulnerando en el fondo es el derecho a la vida.
Esta premisa obliga a entender que el acceso al agua potable y a sistemas de
evacuación seguros no son lujos, sino prerrogativas jurídicas fundamentales,
universales y plenamente exigibles por cualquier ciudadano en cualquier rincón
del planeta.
El
marco jurídico internacional es inequívoco, al respecto. El 28 de julio de
2010, la Asamblea General de las Naciones Unidas marcó un hito histórico mediante
su Resolución 64/292, al reconocer
explícitamente el Derecho Humano al Agua
y al Saneamiento. Con este mandato, la comunidad internacional elevó estos
servicios a la categoría de derechos esenciales, indispensables para el
disfrute de todos los demás derechos humanos. Los Estados asumieron la
obligación vinculante de garantizar que el recurso sea accesible, asequible,
suficiente y, sobre todo, saludable. Sin embargo, al confrontar este mandato
global con la realidad de la región central de Venezuela, la distancia entre la
norma y la práctica se vuelve una herida abierta.
El
drama que rodea el crecimiento sostenido del Lago de Valencia es, quizás, la
demostración más cruda de cómo la ausencia de saneamiento y la negligencia
estatal pueden transformar un recurso vital en una crisis humanitaria y
ambiental permanente. Esta cuenca endorreica, que carece de una salida natural
al mar, ha aumentado su cota de manera indetenible durante décadas, no por un
simple capricho de la naturaleza, sino como consecuencia directa de la falta de
planificación territorial, el colapso de la infraestructura hidráulica y la
desatención de un problema que debió ser prioridad nacional.
Las
consecuencias de este crecimiento descontrolado en los estados Aragua y
Carabobo configuran un escenario de vulneración sistemática. Zonas urbanas
enteras se han visto anegadas no solo por el avance de las aguas del lago, sino
por el reflujo de las redes de cloacas que ya no tienen hacia dónde drenar. La
mezcla de aguas residuales domésticas e industriales sin tratamiento previo
inunda calles y viviendas en el sur de Maracay y en comunidades ribereñas,
sometiendo a miles de familias a un confinamiento insalubre. Esta situación
rompe por completo con los criterios internacionales de salubridad y aceptabilidad,
detonando crisis epidemiológicas crónicas y destruyendo el tejido social y
económico de la región.
El
trasvase improvisado de estas aguas contaminadas hacia embalses vecinos ha
terminado por extender el problema, comprometiendo la calidad del agua que
reciben millones de ciudadanos en la región central del país. El Estado
venezolano no puede seguir escudándose en la fatalidad climática para eludir su
responsabilidad. Enfrentar la realidad del Lago de Valencia exige voluntad
política, transparencia en los recursos, el concurso de la comunidad científica
y la ejecución urgente de obras de saneamiento estructurales. Cumplir con la
resolución de la ONU en Venezuela no es una opción técnica postergarle, sino un
imperativo ético y legal de supervivencia para devolverle la dignidad a los
ciudadanos.

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